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Joaquín Sabina: crónica para una crisis

  • Foto del escritor: Valentín López
    Valentín López
  • 13 dic 2018
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 13 dic 2018

El cantautor español le pone letra a la noche de un concierto en 2013, pero una velada común puede terminar en angustia si se cuenta con palabras tomadas de su repertorio. Del plagio se responsabiliza Valentín López.



Oiga, doctor, ya no me importa si es que le falló la acupuntura, tampoco si no le pagué la última factura. Lo que quiero que me diga es por qué hoy me desperté con una horda de ratones coloraos corriendo entre mis pies y esta sensación de crisis en la cama, donde cada sueño es un drama, retumbando en mi cabeza como una canción.

Ayer fui al concierto de Sabina, ése que canta, y hoy, de pronto, empiezo mi día con esto de los ratones coloraos y, al bajar de la cama, la sensación de crisis en el suelo.

Ayer, camino al concierto, todo estaba bien. Oscurecía. Me dije: peor para el sol. Al lado iba conmigo en el coche mi tiramisú de limón, mi helado de aguardiente… usted sabe, doctor: mi muñequita de salón, mi tanguita de serpiente. En el estacionamiento, como un explorador me detuve antes de abrir la portezuela del auto para que ella saliera. Me preguntó con ojos de enamorada: Qué canción de Sabina nos queda a nosotros. Me quedé un rato pensándolo. Quise decirle que ninguna, que las canciones de amor de Sabina son canciones de desamor o de sexo, que ella eligiera, pero que acaso la que más podría ir con nosotros dos sea el Retrato de familia con perrito. Bien podría ser que ella fuera, al menos por esta noche, Lilí Marlene, y bien podría ser que ambos, ella y yo, sólo creamos que es amor la soledad que compartimos, aunque igual que a usted, doctor, y que a cualquiera, la realidad nos aplaste. Hubiera querido decirle que el mundo es más ancho que sus caderas. Sin embargo, preferí decirle mentiras piadosas. Le dije que la amo y, sin embargo… Me abstuve de más explicaciones. ¿Por qué?, quiso saber. Porque voy a salir esta noche contigo, dije. Y sí, doctor: así es como uno aprende que en cosas de dos conviene a veces mentir, que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor.


Una vez adentro, en el domo de la feria, Joaquín Sabina, con sus letras, volvió a ponerme a pensar. Todo empezó cuando ese hombre del traje gris se puso a hablar consigo mismo al otro lado del espejo, mientras una tortuga lo urgía a que corriera. Volteé a mi derredor y, viendo al gentío en las gradas, pensé: cuántos de los que estamos aquí también queremos irnos de la calle Melancolía en la que vivimos, y mudarnos al barrio de la alegría pero, maldita sea, cada vez que lo intentamos ha salido ya el tranvía. Yo también, doctor, soy un desertor del batallón de los nacidos para perder. Yo tampoco sé quién carajos me ha robado el mes de abril. Terminado el concierto, salí del domo de la feria a la negra noche, que me dio un aroma como si estuviera perfumada con pachuli, y aspiré la ciudad… ¿Qué ciudad? Lo olvidaba, pero pongamos que hablo de León.

Justo en ese momento consideré: "si esto fuera una canción de Sabina, esta noche terminaría en un mundo de yonkis y de busconas, y tal vez, sólo tal vez, yo mismo acabaría sin ropa con la magdalena en algún hotel, dulce hotel".

Pero no. Eché a andar de vuelta al estacionamiento, al coche, a mi propia doble vida; me puse al volante y conduje acercándome, cada vez más, al hogar triste hogar, donde nuestro perro Dorremí me ladraría, hasta en latín, al escucharnos llegar. No podría ser de otra manera, porque los cuentos que cuenta Sabina, doctor, siempre acaban mal. Y para él, amor se llama al juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño. Y para él, los amores eternos duran lo que dura un corto invierno. Pero, no sé: acaso mi Lilí Marlene y yo también tengamos razón y sea amor la soledad que compartimos. Como nos pasa a todos, doctor, las uñas negras de la realidad nos arañan, pero cerramos los ojos al irnos a dormir, y soñamos que soñamos. Ése es uno de nuestros más de cien motivos para no cortarnos de un tajo las venas, una de nuestras más de cien mentiras que valen la pena.


Sin embargo, yo soy un tipo del montón, doctor. Y aunque a mis cuarenta y pocos tacos igual sigo de flaco, conservo una inexplicable mala salud de hierro. Así que, dígame de una vez: ¿por qué de pronto esta crisis? ¿Por escuchar a Sabina? Bueno, es cierto que a los dos nos gusta el verbo fracasar, y ambos sabemos que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió, pero eso lo vivo desde hace años, doctor, desde que lo oí por primera vez. De modo que no me cuente una de romanos y recéteme ya esas pastillas milagrosas para no soñar.

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