Los días negros de Salamanca
- Valentín López

- 14 dic 2018
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 16 dic 2018
En 2004 esta ciudad del estado de Guanajuato sufrió el recrudecimiento de la contaminación en su atmósfera. El siguiente reportaje da seguimiento a los días decisivos de ese año aciago para el medio ambiente en la historia local. Fue publicado originalmente en el resumen anual Hélices del Tiempo.
El miércoles 27 de octubre, correo publicó en su nota principal de portada: Fumiga termo a Salamanca. La nota la había dado el titular de la Dirección Ambiental de Salamanca, Miguel Cordero Torres, basado en las mediciones de la Red de Monitoreo Ambiental en Salamanca, que registraban exceso de partículas suspendidas en el aire durante ocho días de los dos últimos meses. Ya lo había informado a la delegación estatal de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) en cumplimiento a la denuncia de un residente, Cándido Rangel, quien el 1 de septiembre, en el Miércoles Ciudadano, se quejó de hollín en su casa. Pudo no haber pasado de ahí. Pero con su declaración a correo, Miguel Cordero Torres inició una cruzada que, en el curso de un mes, fue movilizando a las autoridades estatales y federales en la búsqueda de una solución definitiva al problema de la polución en Salamanca. Sin la insistencia del funcionario municipal, el respaldo de su alcalde, Genaro Carreño, y las incesantes publicaciones de correo, tal vez el tema nunca se hubiera atendido. Ésta es la historia, vista desde las páginas de correo.
Los alumnos de preescolar de la maestra Tere, han vuelto formados en doble fila del salón de lectura, donde vieron una historia de marionetas sobre las vacunas.
En su aula, mientras prepara los tapabocas, la educadora les pregunta:
—¿Qué es la contaminación, niños?
Pequeñas manos se levantan con una respuesta:
—El humo.
—El humo, sí… —asiente la maestra.
—¡El olor!
—Claro: el olor…
—La basura, maestra.
—Muy bien: la basura. ¿Qué más?
—¡Maestra, maestra, yo!: el agua sucia…
—También el agua sucia…
—¡Las fabricas!
Un niño, allá atrás, quiere decir algo.
—¿Sí, Arnulfo?
—Maestra: hoy vamos a ir al cine…
Es 24 de noviembre, miércoles por la mañana, y desde el patio de juegos, donde un grupo de pequeños hace ejercicio, se ve un cielo despejado sobre la colonia Álamos, al oriente de la ciudad.
El 16 de abril, el presidente de la República Vicente Fox firmó en el Ecoparque un convenio para instrumentar el Programa para mejorar la calidad del aire en Salamanca.
El 26 de octubre, el director ambiental del municipio, Miguel Cordero Torres, reveló que en los dos últimos meses, septiembre y octubre, la contaminación del aire en Salamanca creció ocho días en su contenido de partículas suspendidas, según los monitoreos ambientales, afectando de un 60 a un 70 por ciento de la ciudad, debido a polución generada por la planta termoeléctrica instalada en el municipio.
En Matamoros 1017, el jardín de niños José Vasconcelos, a unos cuantos kilómetros de la termoeléctrica, interrumpió clases una semana.
En esos días negros de contaminación, los alumnos de este plantel de preescolar parendierons a usar tapabocas y a reír con ellos puestos y a tomar sus clases como un día normal.
De la evidencia empírica a los “datos duros”.
Que el aire de su ciudad está contaminado, es algo que los salmantinos lo han sabido siempre.
Para determinarlo, no han necesitado estudios, ni análisis, ni diagnósticos, ni mediciones.
Les ha bastado con el sentido común. Con voltear al horizonte y ver las nubes de humo cubriendo el cielo, densas en tiempos de frío, cerniéndose sobre sus cabezas, o elevándose ligeras en días de calor, sumándose, espesas y lentas, a las nubes de una tarde de verano, o recortándose contra el cielo azul y estrellado en una noche común.
Les basta con percibir el olor penetrante de las neblinas en la madrugada, tras una noche de lluvia, o en pleno día, invisible pero nauseabundo.
Y saben, porque lo han visto, que esas bocanadas salen de las chimeneas de las industrias.
Esta evidencia empírica, sin embargo, comenzó a ser demostrada a partir de agosto de 1999, según recuerda Javier Gómez Carrasco, presidente del Patronato para el Monitoreo de la Calidad del Aire.
En ese mes, en la central de la Cruz Roja, se instaló la primera estación fija de monitoreo automático en Salamanca.
La segunda funciona en el DIF desde agosto del 2000.
Desde marzo de 2002, en la primaria 15 de Septiembre, la tercera.
Su localización —informa Javier Gómez Carrasco— se asignó conforme a criterios meteorológicos, usos del suelo y densidad poblacional.
Estas estaciones forman la red municipal de monitoreo de la calidad del aire. Por su ubicación, entre las tres monitorean el aire de las zonas norte, sur y oriente de la ciudad.
Cada una tiene un valor de 2 millones 300 mil pesos, y operarla cuesta alrededor de 60 mil mensuales.
Cada una produce 1,440 muestras diarias de la calidad del aire.
La estación de la Cruz Roja es también el centro de operaciones de la red, donde la información de las tres “es colectada, procesada, almacenada y difundida”.
Los datos de esta medición constante, como los datos de otras fuentes, bastaron a las autoridades para dar soporte técnico que justificara el Programa para mejorar la calidad del aire en Salamanca.
Pero una vez en aplicación este programa, a partir de la firma del convenio el 16 de abril, los funcionarios pugnaron por desestimar los datos del monitoreo que indicaban excesos en la polución de partículas suspendidas.
Apenas revelados dichos datos, autoridades federales y estatales interpretaron de modo diverso esa información para que significara 1) que no había “evidencia científica” para preocuparse por la salud, 2) que la contaminación era menor que antes, y 3) que los responsables no eran las industrias, principalmente las paraestatales (Pemex y CFE).
El delegado en Guanajuato de la Profepa, Miguel Refugio Camarillo Salas, justificó este tipo de apreciaciones al afirmar de las suyas que las había declarado “con los datos duros en la mano”.
Antes, esos mismos datos habían significado que la polución en Salamanca era tan grave que demandaba un programa “para mejorar la calidad del aire”.
Ahora, querían hacerlos significar lo contrario: que ese programa estaba funcionando y que la polución no era tan grave.
Pero no sólo eso: desestimaron también las "evidencias empíricas" de los salmantinos, el hollín en sus casas, sus malestares físicos, calificándolas de apreciaciones subjetivas y preocupaciones desinformadas.

Una visión candorosa
En medio de estas reticencias, sin embargo, la red de monitoreo siguió registrando nuevos excesos.
Los días de polución excesiva, en que la calidad del aire no era «satisfactoria» para los parámetros oficiales, aumentaron el doble.
A los ocho días inicialmente denunciados, en el mismo lapso de 60 días, se le sumaron otros ocho.
Y en el curso de noviembre, tres días más.
A los días con exceso de partículas suspendidas se les sumaron días con exceso de bióxido de azufre en la atmósfera.
Los registros eran implacables.
Además, aparecen pájaros muertos en las inmediaciones de la planta termoeléctrica.
Pero el gobernador Juan Carlos Romero Hicks insiste:
“Al menos al día de hoy (miércoles 10 de noviembre) no tenemos una sola evidencia de un problema de salud grave en Salamanca como resultado de la contaminación”.
El jueves 18 de noviembre, el diputado salmantino Juan Alcocer Flores, presidente de la mesa directiva del Congreso del Estado, llevó a la cámara un frasco con polvo negro.
Dijo que era hollín recopilado en casas de Salamanca y que contenía óxido de hierro, azufre y vanadio.
Con el frasco en la mano, en tribuna ofrece un minuto de silencio por “quien concibe la ecología como un mundo de mariposas y ardillitas en esa visión tan candorosa que se tiene a veces de la ecología”.
Seis días después, el 24 de noviembre, la maestra Tere corrige a Arnulfo, quien esa tarde irá al cine.
—¡Ah, muy bien! —le dice—, pero recuerden que estamos hablando de la contaminación. ¿Ustedes creen que Salamanca está contaminada?
La respuesta es unánime:
—¡Sí!— dicen los niños a coro.
Tienen cinco años. Pero saben lo mismo que, a la postre, indicarían la "evidencia científica" y los "datos duros" de las autoridades.
—¿Y saben por qué Salamanca está contaminada? —les pregunta la maestra Tere.
—Por la refinería —contesta Sergio—; el olor pasa por todas partes y nos enferma; huele a huevo podrido.
El aula del grupo 3ro. “A” tiene decorada la puerta con peces anaranjados y azules de grandes ojos, estrellas y caballitos de mar. En el interior, las paredes están adornadas con flores. Un mundo de naturaleza recortada en plástico.
Pero en la realidad, los alumnos de la maestra Tere se ponen su tapabocas para respirar, se lo ponen ellos mismos y se ayudan unos a otros. Con él puesto, cantan:
—En una cabaña del bosque…
Apología de los niños
Por fin, los “datos duros”, la preocupación “subjetiva” de los salmantinos, la insistencia de las autoridades municipales, y los medios de comunicación, poco a poco comenzaron a mover la necedad de la burocracia estatal y federal.
Lentamente, el sentido de las declaraciones se modificó.
El miércoles 3 de noviembre, ante la Comisión de Medio Ambiente del Congreso del Estado, el director del Instituto Estatal de Ecología, Roberto Contreras Zárate, reconoció en un informe que, tras monitorear su aire dos años, se ha concluido que Salamanca “es una de las ciudades más contaminadas del país”.
En el 2004 se registran 38 días «no satisfactorios» en niveles de polución.
En el 2003, 57.
En el 2002, 64.
En Salamanca se emiten 1,272 toneladas diarias de contaminantes atmosféricos.
Los principales son dióxido de azufre, ozono y partículas suspendidas de menos de 10 micras de diámetro.
La planta termoeléctrica de la CFE emite, a través de la quema de combustóleo, un 84 por ciento del dióxido de azufre que asola a Salamanca.
La refinería de Pemex, el 15.95.
Los automóviles, el .85 restante.
El combustóleo que vende Pemex a la CFE para generar electricidad en la termoeléctrica por medio del calor, contiene un promedio de 4.9 por ciento (3.8, se diría después) de azufre.
El estándar en la Ciudad de México es del 1 por ciento desde 1998 y, para zonas críticas como Salamanca, de los 2 puntos porcentuales.
Y eso que, con la aplicación del Programa para mejorar la calidad del aire en Salamanca, la termoeléctrica redujo su consumo de combustóleo de 30 mil a entre 7 mil y 10 mil barriles diarios, abatiendo entre un 40 y 60 por ciento la contaminación que produce.
Y eso, también, que la refinería consume en promedio otros 5 mil barriles diarios de combustóleo. Y que Pemex ha invertido, en el último año, 370 millones de pesos en mejorar sus procesos de producción y disminuir el impacto al medio ambiente de Salamanca.
Por fin, el delegado de la Profepa Refugio Camarillo acepta, el martes 9 de noviembre, que la termoeléctrica es responsable de que la polución en Salamanca haya empeorado.
Y el Secretario del Medio Ambiente y Recursos Naturales Alberto Cárdenas Jiménez, el jueves 11 hace corresponsable a Pemex por surtir una mala mezcla de combustible a la CFE.
Las partículas suspendidas contienen vanadio y óxido de hierro, que afectan los sistemas cardiovascular, nervioso y pulmonar y que, por su tamaño, son respirables.
Los “datos duros” de las autoridades y la apreciación “subjetiva” de los salmantinos, por fin, empiezan a coincidir.
Los “datos duros” descubren que los alumnos de la maestra Tere tienen razón.

Por todos los niños que se enferman
Y empezaron a ocurrir cosas:
El miércoles 27 de octubre, por unanimidad, los diputados locales aprueban reformas y adiciones a la Ley para la Protección y Preservación del Ambiente en el Estado.
Se promueve a Salamanca para que ingrese a la Red Nacional de Monitoreo Ambiental.
La Profepa envía inspectores a la refinería y la termoeléctrica.
Adquirida en 2002, el viernes 5 de noviembre se envía a Salamanca, tras seis meses ausente, una unidad móvil de monitoreo.
Se establecen nuevos convenios y acuerdos para bajar la contaminación.
La Profepa impone a la CFE una multa de 700 mil pesos por incurrir en irregularidades, aunque más tarde su delegado estatal reconoce que difícilmente la multa se podrá hacer efectiva.
La Secretaría de Salud de Guanajuato coordina un equipo interinstitucional para atender el problema de la polución y sus efectos en la salud.
El martes 23 de noviembre, el gobernador nombra Procurador de Protección al Ambiente del Estado de Guanajuato, sin titular desde el 15 de enero.
El miércoles 24 se forma el Observatorio de la Salud para buscar nexos entre la salud y la polución en Salamanca.
Las reuniones entre los tres niveles de gobierno se suceden.
La inercia oficial se había roto. Los servidores públicos se movilizan.
¿Pero cuál ha sido el costo? ¿Hay salmantinos que lo han pagado con la salud?
El jueves 19 de noviembre, el diputado Juan Alcocer dedica también su minuto de silencio en tribuna a “toda persona que diga que la contaminación no afecta la salud de los habitantes de Salamanca” y a “todos los niños y niñas que se enferman cada mes de gripe y enfermedades respiratorias”.
El Secretario de Salud en Guanajuato, Éctor Jaime Ramírez Barba, declara que en 2003, las tasas de diabetes mellitus, tumores malignos, bronquitis, enfisema y asma en Salamanca, están por encima del promedio estatal.
La peor de todas es el asma: cuatro veces mayor que la tasa estatal.
Sin embargo, todavía no se puede establecer si esta incidencia se debe a la contaminación.
Pero se sabe que el óxido de azufre provoca infecciones respiratorias agudas y asma.
En la tasa de asma, ningún municipio del Estado le gana a Salamanca.
En el jardín de niños José Vasconcelos, ubicado cerca de las industrias, al oriente de la ciudad, hay 21 alumnos que padecen de las vías respiratorias. Seis de ellos tienen problemas de asma.
En el 3ro. “A”, el grupo de la maestra Tere, cuatro de sus 34 alumnos tienen los mismos padecimientos. Tres de ellos son asmáticos. La maestra Tere dice que suelen faltar a clases por sus problemas de salud. Es viernes 26 de noviembre y tres de los cuatro no han venido. Sólo Jonathan Emanuel López Palma, de 5 años y 8 meses.
De pants blanco y tenis, mentón afilado y copete levantado con gel, dice que cuando se enferma en su casa le dan medicina y lo llevan al médico. Según los registros de la maestra Tere, basados en un cuestionario que aplican a todos los padres, Jonathan Emanuel tiene asma.









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